Cultura
El arte urbano ante el espejo

El arte es de quien lo crea y de quien lo observa, pertenece a ambos. En el caso del arte urbano la conversación se abre también a la ciudad, haciendo partícipe a cualquier viandante que no ande con la mirada gacha. En València invade las calles y ahora también la Universitat Politècnica de València, gracias al programa Polinitza, que celebra este año su 18º edición. En este festival los artistas invitados de otros países, y los valencianos seleccionados dentro del concurso, pintan todo el recinto de la Universitat cada año, “polinizándola” con nuevos murales. De esta forma se celebra el arte del grafiti, que deja de ser considerado como «un acto vandálico» y pasa a ser celebrado.
Para desempañar el espejo sobre el que se refleja el arte urbano la Universitat organiza las charlas Polinitzados, con las que reflexiona sobre este arte. Culturplaza asiste a una mesa redonda sobre las Perspectivas culturales en el arte urbano, de la mano de las artistas Mura, Stillo Noir y Joana Rego, con Álvaro Porras como moderador. Una charla para reflexionar sobre cómo se extiende el grafiti y el muralismo en cada ciudad. De la mano de tres artistas mujeres se abordan diversos tópicos que marcan este mundillo -desde su enfoque más cultural- y que se desgranan en tres bloques clave sobre los que reflexionar: la importancia de ser mujer en un universo gobernado principalmente por hombres, los límites de la legalidad, y el futuro que se teje entre muros y murales.
La realidad de las mujeres grafiteras
Las tres artistas coinciden que una gran parte de lo que pasa en el mundo del grafiti es que no existen muchos referentes femeninos, y que para paliar eso hay que dar en el clavo en materia de educación. Joana es docente de muralismo en São Paulo y explica que ahora en sus clases es cuando se está empezando a alcanzar la paridad entre hombres y mujeres, en una respuesta cadena gracias a las nuevas referentes: “Hay que valorar el trabajo de las personas y sus procesos, y en un escenario profesional en el que no hay curators que sean mujeres muchas veces es complicado que el trabajo de las compañeras sea seleccionado”; explica sobre la situación en los concursos, “todo comienza desde una base de selección de jurado, por ejemplo, y cuando más mujeres haya en cargos de poder más perfiles así podremos ver en las calles”.
En la misma línea Stillo Noir considera que a veces su trabajo se valora solo por “ser mujer” y cumplir la cuota en según qué festivales, pero sin tener en cuenta criterios artísticos clave: “Muchas veces se nos selecciona por el simple hecho de ser mujeres, cuando realmente lo que hay que valorar es la persona y el arte independientemente de su género. Esto lleva a problemas de organización básicos en los que por cubrir la cuota todo vale”. Relatando alguna de sus experiencias expone que le llegaron a invitar a un festival -del que prefiere no compartir el nombre- en el que tuvo que alojarse con hombres de más de 50 años sin considerar su voluntad de dormir en una habitación a solas o en todo caso con mujeres.
De esta forma anima también a que cuando una entidad prepare un concurso sobre arte urbano o similares sea capaz de distribuirlo por los canales adecuados: “Gracias a las redes sociales se puede llegar a públicos muy diversos. Hay que publicar el anuncio en perfiles que se refieran a nuevos colectivos y no quedarse solo en las redes institucionales de los organizadores”.
Por otra parte, Mura opina que en el mundo del grafiti -comprendiéndolo como práctica aún ilegal en según qué lugares- es necesario ir “bien acompañada” tanto para localizar como para pintar. Considera que si no existe un grupo de mujeres al mando a veces es difícil moverse por las calles: “Yo he pintado mucho en Portugal porque iba acompañada de un hombre, pero si no te tienes que crear tu propia pandilla. Al es un acto colectivo, hay que tener en cuenta que se lleva a cabo en lugares más bien abandonados y en momentos de noche, cuando las mujeres no nos sentimos seguras”. De esta forma considera que prácticas como el muralismo o eventos en los que se puede pintar en lugares seguros (y de día) podrían animar a más mujeres a formar parte del mundillo.
Al final las artistas piden que siempre se valore el trabajo y la creatividad ante el género, en cualquier aspecto. “Se trata de enfrentar a las personas, según el trabajo y sus resultados”, explica Joana sobre la selección de perfiles para concursos y encargos, “cuantos más referentes haya más cambio podremos ver, y positivamente este progreso se va notando”. Un buen ejemplo de esto es Mura, su alumna, quien reconoce que ve cada vez a más mujeres por las calles provocando, en cierta manera, un efecto reclamo: “Cada vez siento menos vergüenza por ocupar una pared, y veo que se crea una mejor comunidad. Cuantas más mujeres lo hacen más barreras se rompen”.
De la ilegalidad al reconocimiento
De la mano de la fuerza colectiva para crear los grafitis también van los espacios. Cuenta Mura que considera que uno de los motivos por los que más mujeres se convierten en grafiteras (o muralistas) es gracias a los encargos en los espacios seguros: “Es una manera segura de recibir un encargo, y de ocupar un espacio sin miedo a lo que pueda pasar”, comenta.
De la misma forma si ellas quieren autogestionarse y vivir de su arte deben cobrar por las comisiones que realizan. Esto, tal y como lo explica Stillo Noir -en según que casos- choca un poco con la idea original del grafiti, que nace más bien como una protesta urbana. Ahora bien, explica la artista que tal y como avanzan las cosas cabe tener en cuenta que el paso para monetizar este arte no lo libera de su intención o carga para la queja. Para Mura esta realidad es muy palpable ahora mismo en Portugal, donde los mensajes que se quieren contar pueden expresarse igualmente hasta en los encargos pagados: “Al final todo está cambiando, nos movemos en una generación que se permite innovar con el arte del spray. Lo que exponemos es tan técnico como estético, y al final lo que busca es generar una emoción, ya sea sobre temas políticos o sobre otras preocupaciones sociales”.
En respuesta a esto Joana, su docente de la asignatura de muralismo, considera que cabe tener cuidado con el art-washing que hacen muchas marcas, en murales en los que supuestamente apoyan a los artistas cuando realmente lo que buscan es rebajar el mensaje político del grafiti a algo que simplemente cree una imagen bonita. Tanto ella como Mura dibujan obras con motivos florales, que muchas veces se prestan a los murales por tener un mensaje apolítico. Mura explica que pinta la naturaleza porque es “un escenario más de nuestras vidas” y porque en Sao Paulo es una manera única de dar vida propia a la ciudad, y no por librarse de la carga del mensaje social, sino porque les gusta.
Saltar del muro al mural
De las tres mujeres que participan en la mesa redonda Perspectivas culturales en el arte urbano tan solo Joana comenzó en el mundo del grafiti en los años 80, momento en el que pocas mujeres ocupan la calle. En aquella época hubiera sido imposible imaginar que podría existir un ciclo organizado por una universidad para que las paredes de las facultades se vistan de arte, y se celebre a las artistas a través de este trabajo.
Tanto Stillo Noir como Mura, que pertenecen a una generación posterior, y admiten que su inclusión al universo del arte urbano viene más bien de labores que tenían que ver con el muralismo. Para Mura la clave fue comenzar pintando paredes de restaurantes y murales de interior, pero cuando llegó a la calle vio que podía interactuar con mucha más gente: “En Brasil es una manera clave de interactuar con las personas, es un arte abierto y para todo el mundo y es una manera de tener un estudio abierto”, comenta.
Stillo Noir considera que los encargos de muralismo les permiten una accesibilidad económica a la par que intelectual: “En el mundo de las artes visuales considerar estos encargos es como elevar el arte, convertirlo en algo de culto. Es una manera de democratizar el arte pero a la vez haciéndolo accesible para todo el mundo, sin barreras físicas”. Coincide con Mura en que, de esta forma, es como si el museo pudiera verse en la calle, generando un impacto real en quienes son capaces de verlo: “El arte genera un impacto visual, y según quien lo mire contará con una interpretación u otra, sin necesidad de haber contado con una educación en historia del arte y sin la sensación de poder sentirse pequeño o perdido frente a los muros”.
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Cultura
Isabel Allende, ganadora del Premio Planeta 2026: «A mí me importa mucho la democracia porque sé lo que significa perderla»

Isabel Allende ha reivindicado el valor de la memoria histórica, la democracia y la solidaridad durante una rueda de prensa posterior a la recepción del Premio Planeta. La escritora ha explicado que su nueva novela, cuya gestación se ha prolongado durante 45 años, supone un «regreso a episodios de su propia historia» y a las experiencias que marcaron su vida. La autora ha compartido el protagonismo de la represión y la falta de libertad en la literatura con Sergio Hernández, finalista del galardón con La añoranza.
Allende ha explicado que la idea de retomar la historia de Alba, la nieta del patriarca de La casa de los espíritus, comenzó a tomar forma tras la publicación de aquella novela. Durante décadas, muchos lectores le preguntaron qué había sucedido con el personaje, una joven de 20 años traumatizada, embarazada y sola tras los acontecimientos narrados en la obra.
La escritora ha encontrado en esa historia una oportunidad para explorar la dictadura, el desarraigo y el vínculo con la tierra de origen. Alba, que ha sufrido la represión y permanece bajo la amenaza de un torturador, decide no abandonar su país, pese a que sus padres están en el exilio. «Ella ama demasiado su tierra», ha explicado Allende, quien también ha destacado la dificultad de marcharse y adaptarse a otro lugar.
En la novela, la casa adquiere un significado simbólico que trasciende la historia personal de la protagonista. «La casa representa el país», ha señalado la autora, que plantea dos niveles de lectura: la experiencia individual de Alba y la evolución política del país bajo la dictadura, desde su desarrollo hasta su desenlace.
La memoria como hilo conductor
Allende ha reconocido que escribir la novela ha sido una experiencia especialmente enriquecedora, porque la ha obligado a revisar sus vivencias y a regresar mentalmente a momentos importantes de su pasado.
Aunque Chile nunca aparece mencionado expresamente en La casa de los espíritus ni en otras novelas de la autora, Allende ha señalado que los lectores pueden identificar ese país como la tierra a la que siempre regresa en su literatura.
La escritora también ha destacado la coincidencia temática con La añoranza, de Sergio Hernández, otra obra centrada en la represión y la falta de libertad. «A mí me parece extraordinario que tú y yo hayamos escrito una novela sobre la represión», ha afirmado, al recordar que ambos autores no se conocían, y que ella ni siquiera sabía que Hernández sería finalista del premio.
Para Allende, esta coincidencia demuestra que determinados temas permanecen presentes en la sociedad y preocupan a quienes han vivido sus consecuencias. «A mí me importa mucho la democracia porque sé lo que significa perderla», ha asegurado. La autora ha explicado que ha vivido durante años en un estado de memoria, tratando de mantener vivo el recuerdo de su país y de las personas que perdió o que quedaron lejos.
En un contexto que considera preocupante para el futuro del mundo, Allende ha explicado que necesitó el paso del tiempo para abordar esta historia. Aunque podría haberla escrito en 1985, entonces no se sentía preparada. Las circunstancias actuales, ha señalado, la han empujado a retomar ese ejercicio de memoria.
«Escribo para conectar a la gente»
Preguntada por los lectores a los que le gustaría llegar, Allende ha afirmado que no busca «dirigirse a un público concreto», sino conectar con personas de todas las edades. Para ella, la escritura es, ante todo, una forma de comunicación.
«Si no hubiera lectores, no escribiría, porque no escribo para mí, escribo para conectar a la gente», ha explicado. La autora ha asegurado que responde personalmente a los correos que recibe, y ha relatado cómo algunos lectores le han contado que sus libros les han ayudado a «recuperar relaciones familiares que llevaban años rotas».
Allende ha destacado que sus obras se traducen a 42 idiomas, y ha atribuido su alcance internacional a la universalidad de las emociones. Aunque las diferencias culturales condicionan la manera de vivir y comprender el mundo, considera que los sentimientos permiten establecer vínculos entre personas de distintos lugares.
Una vida marcada por la palabra escrita
La autora también ha reflexionado sobre lo que ha descubierto de sí misma al revisar su trayectoria. Ha identificado la palabra escrita como el hilo conductor de su vida: comenzó a leer a los cinco años, continuó como periodista y terminó dedicándose a la literatura.
Además, ha reconocido que sus inquietudes fundamentales apenas han cambiado con el paso del tiempo. Entre ellas destaca su interés por las personas anónimas que, en situaciones extremas, demuestran un valor y una generosidad extraordinarios.
Allende ha recordado especialmente la solidaridad que presenció durante los momentos más difíciles de la historia de Chile, y ha destacado a quienes arriesgaron sus vidas para salvar a otras personas. Son historias que, según ha confesado, todavía la emocionan.
Su reflexión sobre el paso del tiempo ha dejado una de las frases más contundentes de la rueda de prensa: «La edad no te hace más sabio, te hace más de lo que ya eres».
Escribir sin perder el miedo
A pesar de haber publicado 32 libros, Allende ha reconocido que la experiencia no le ha proporcionado una mayor seguridad a la hora de escribir. Al recordar el proceso creativo de La casa de los espíritus, ha explicado que entonces tenía 39 años, y escribió con una libertad que no volvió a experimentar de la misma manera.
Tras la publicación de aquella obra, tomó conciencia de la complejidad del terreno que había abordado, y comenzó a afrontar cada nuevo libro con mayor autocrítica y temor.
La autora ha contado que siempre comienza sus libros el 8 de enero y que la víspera se convierte en una jornada de inquietud ante el reto de empezar de nuevo. Lejos de considerar esa inseguridad un obstáculo, cree que le obliga a ponerse a prueba constantemente.
Por su parte, Sergio Hernández ha ofrecido las primeras impresiones sobre La añoranza, su novela finalista del Premio Planeta, ambientada en Barcelona en 1959. La novela de Hernández comparte con la obra de Allende la reflexión sobre la represión y la libertad, dos cuestiones que han centrado buena parte de las intervenciones de los escritores durante la rueda de prensa.
Fuente: Antena 3 Cultura.
Marta Alarcón.
Cultura
Crítica ‘Ciudad de sombras’: Un thriller con Gaudí como protagonista que culmina el legado de Verónica Echegui

Antes de dejarnos, Verónica Echegui rodó el que ha acabado siendo su último proyecto audiovisual: ‘Ciudad de sombras’. Esta miniserie de Netflix ve la luz este 12 de diciembre, día en el que se emiten los seis episodios que la componen. Se trata de un thriller policíaco que tiene a la Barcelona de 2010 como escenario, pero también como personaje.
Isak Férriz forma pareja junto a Verónica Echegui en el reparto principal de ‘Ciudad de sombras’, donde interpretan, respectivamente, a Milo Malart, un inspector de los Mossos d’Esquadra, y a Rebeca Garrido, una subinspectora de la Policía Nacional. Rebeca es trasladada a una comisaría barcelonesa para investigar el cruel asesinato a uno de los constructores más importantes de Cataluña, de modo que tendrá que hacer tándem con Milo, que regresa de una suspensión laboral por agresión a un compañero.
La muerte de este empresario es solo la primera de una serie de crímenes que atentan contra la alta burguesía de Barcelona que lidera la vida de la ciudad condal, como la construcción o el arte. Pero no se trata de un asesinato sin más, sino que la víctima ha sido secuestrada durante días sin recibir agua ni comida para luego ser quemado vivo en la fachada de la Casa Milà-La Pedrera, uno de los símbolos más preciados de Gaudí.
La ciudad sí es protagonista
Estamos un poco cansados del discurso fácil de creadores, directores y productores sobre que las localizaciones son protagonistas de las historias. En muchas ocasiones, se trata solo de una forma más de vender el proyecto, pues no acaba de ajustarse a la realidad. No obstante, ‘Ciudad de sombras’ sí lleva esto a cabo, dado que, tal y como está configurada la historia, no podría suceder en otro lado que no fuera Barcelona.
La vinculación de Gaudí a través de su arquitectura con los crueles sucesos dota a la miniserie de identidad propia. Relacionado con el modernista catalán, la ficción navega en las teorías que lo unen a la masonería, puesto que aparecen varios símbolos masónicos en el caso. Por tanto, ya no solo es la obra del arquitecto, sino también su propia vida la que se pone sobre la mesa para construir un caso en apariencia imposible de resolver. Es así como esta parte de la cultura de Barcelona adquiere gran poder en la serie y marca el elemento más diferenciador.
Por otro lado, ‘Ciudad de sombras’ también toca uno de los mayores conflictos de Barcelona asociados a Gaudí: la expropiación de viviendas en el entorno de la Sagrada Familia. Además, se ambienta en 2010, tan solo dos años después de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo que tensa aún más todo el tema de la vivienda y la crisis que sufren las clases bajas y medias respecto a la alta burguesía catalana, objetivo de este asesino en serie.
El esquema básico de un thriller
Lo más diferente que tiene ‘Ciudad de sombras’ es esa vinculación tan clara con la Barcelona de Gaudí. No obstante, por lo demás no deja de ser un thriller policíaco al uso. Basada en la novela ‘El verdugo de Gaudí’, de Aro Sainz de la Maza, esta producción de Arcadia, creada y dirigida por Jorge Torregrossa (‘El cuerpo en llamas’), toca algunos de los puntos más manidos del género en cuanto a la construcción de personajes.
Por un lado, un inspector rebelde con la autoridad que ha sufrido una dura pérdida personal que lo ha dejado atormentado. Por otro, una subinspectora que guarda a fuego su pasado y que no es precisamente comunicativa. Así, juntos crean una pareja muy poco avenida que tendrá que aprender a lidiar con el otro y formar equipo cuando en su propia comisaría no terminen de creer sus «disparatadas» teorías.
Sin embargo, esto no quiere decir que no sea efectiva en su ejecución. Estamos ante unos personajes interesantes, con un pasado que, pese a haberse visto en otros proyectos, no resulta cansino y con una evolución del caso que (vistos los dos primeros episodios) también sigue las pautas básicas. Pero todo engrana a la perfección con un modus operandi por el asesino cargado de misterio que te atrapa desde los primeros minutos. La historia está muy bien narrada y fomenta esa evolución del caso a la par que del misterio para conjugarlos e ir descubriendo aspectos interesantes.
Buen reparto, pero chirría en los efectos visuales
En cuanto a su reparto, Isak Férriz y Verónica Echegui firman un gran trabajo, especialmente él al dotar de mucho realismo a Milo Malart en todas las escenas de su vida personal. Cabe señalar que estas se construyen en muchas ocasiones con flashbacks, a las que se ha otorgado una estética diferente mediante el granulado, como si fuera un vídeo antiguo. El elenco lo completan nombres de la talla de Ana Wagener y Manolo Solo.
Pero también hay partes que chirrían, como los efectos visuales. La carta de presentación de ‘Ciudad de sombras’ es esa quema del empresario en La Pedrera y en el momento de desarrollarla se nota demasiado la falsedad de los efectos visuales, lo que te saca de la escena. Curiosamente, no es tan notorio en otros momentos en los que se visualiza desde otro ángulo.
En definitiva, ‘Ciudad de sombras’ es un buen thriller, que sigue los patrones ya vistos en otros ejemplos del género, pero con Barcelona y Gaudí como sus mayores aliados. La presencia de la ciudad en la historia más allá de ser un simple escenario bonito es su gran arma para conseguir sobresalir y captar la atención del espectador, que se perderá en esta historia conspiranoica que rodeaba al afamado arquitecto.
Fuente: Fórmula TV.
Fernando S. Palenzuela.
Cultura
Vértigo y abismo de Yayoi Kusama: así es la última gran exposición que la artista diseñó antes de morir

Excesiva e infinita, Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929 – Tokio, 2026) fue una artista omnímoda: pintura, moda, escultura, happening, instalación… A sus espaldas quedan siete décadas de un arte irrefrenable y avasallador, compulsivo y febril que responde, por una parte, al deseo desesperado de triunfar en el mundo artístico –quizá para vengarse de unos padres que nunca apoyaron su vocación– y, por otra, a la catarsis del punto y de la raya, al exorcismo de un trabajo constante y rutinario –ejercido a diario en su estudio– que le ayudó a controlar sus obsesiones y las turbulencias de su salud mental.
Tras su reciente fallecimiento, a los 97 años, el pasado 14 de agosto, se inaugura su última exposición, la última en cuya preparación estuvo involucrada en vida y hasta la que ha podido viajar El Cultural. Se trata de una coproducción entre la Fondation Beyeler (Basilea, Suiza), el Museum Ludwig (Colonia, Alemania) y el Stedelijk Museum de Ámsterdam.
Cada sede cuenta con un comisariado distinto: en Ámsterdam ha sido Leontine Coelewij, conservadora del Stedelijk, quien ha realizado un excelente trabajo. La exposición, titulada Yayoi Kusama, es una completa retrospectiva con relevantes y bien escogidas piezas de cada una de sus épocas. Permanecerá abierta al público hasta el 17 de enero.
Sea por su trabajo insistente sobre la infinitud y la despersonalización o por su franqueza al hablar de su salud mental, Kusama se ha convertido en un icono global del arte. Sus exposiciones congregan a miles de espectadores y la moda, de la mano del gigante del lujo Louis Vuitton, ha terminado de consagrarla como musa.
Un tópico recurrente en su biografía sostiene que la artista trabajó sin descanso hasta casi el día de su fallecimiento. Sin embargo, ha trascendido que pasaba largas temporadas postrada en la cama mientras su estudio continuaba produciendo sus esculturas a gran escala, trazando una línea cada vez más tenue entre su autoría y la ejecución de sus colaboradores. De hecho, Kusama Studio ha sido el interlocutor durante este proceso de creación, validado, eso sí, por la artista.
Poco antes de su muerte, la artista respondía a las preguntas de nuestro compañero, Rubén Fernández-Costa, en una de sus últimas entrevistas. Un reportaje exclusivo que publicaba el Bookazine de Magas en su número 3.
Protagonista de la portada de la revista, la artista declaraba entonces: «Habiendo cultivado una postura propia ante la vida y consciente de que el tiempo que me queda es cada vez más corto, sigo buscando constantemente algo nuevo, buscando con urgencia alcanzar nuevas cotas en el ámbito del arte».
En el Stedelijk podemos ver dos asombrosas instalaciones a gran escala que, como broche final, dejan al espectador sin respiración. Su envergadura nos arroja brutalmente al mundo de Alicia en el país de las maravillas: sinuosos tentáculos amarillos, sobre los que los puntos negros menguan hasta desaparecer, entran y salen, se retuercen y se reflejan por los lugares más inverosímiles de la segunda planta del museo.
En su interior hay, además, una segunda Infinity Mirror Room, como ella denominaba estos espacios, que duplica la sensación de vértigo y abismo. La gran instalación se titula Infinity Mirrored Room – The Hope of the Polka Dots Buried in Infinity Will Eternally Cover the Universe (2025) y se corresponde con la angustiosa imagen que abre esta crítica.
Pero empecemos por el principio. El vestíbulo apuesta fuerte por las famosas bolas de espejo que presentó en la Bienal de Venecia bajo el título Narcissus Garden (1966/2026). La artista se plantó en los Giardini, sin haber sido invitada oficialmente, con 1.500 esferas reflectantes que vendía a dos dólares cada una, convirtiendo la mercantilización del arte y el narcisismo asociado al artista en parte de la propia acción.
De aquí pasamos a una de las partes más interesantes e innovadoras del recorrido: sus primeros dibujos, que ya contienen sus obsesiones de madurez. Con cinco años, según relató, veía bailar lunares por las mesas y los muebles de su casa. En un grafito de 1934, Sin título, dibuja una escena japonesa que llena de pequeños puntos de color. El impacto de la bomba atómica, que vivió siendo adolescente, también encuentra eco en un gouache de 1954.
Estas dos primeras salas, interesantísimas, descubren a una dibujante de enorme creatividad y sensibilidad, con fondos trabajados y matéricos y pequeñas formas fragmentadas como constelaciones, árboles diminutos o estrellas.
Destaca también la correspondencia con la pintora Georgia O’Keeffe, a quien admiraba profundamente y a quien escribió buscando consejo y apoyo para abrirse camino como artista.
Llegamos al verano de 1958, cuando aterriza en Nueva York. Los lienzos se vuelven más grandes y monocromáticos y su trabajo comienza a anticipar algunos planteamientos que después asociaríamos al minimalismo. Superficies sin principio ni fin, construidas mediante formas que se concatenan hasta crear una red, una retícula orgánica.
El diseño expositivo destaca aquí especialmente: la arquitectura efímera de los pasillos abre ventanas por las que entrevemos piezas situadas en otras salas, estratégicamente colocadas, estableciendo diálogos y anticipaciones a lo largo del recorrido.
Kusama empieza a brillar en Nueva York. Llegan las orgías, los desnudos y los happenings en los que pinta cuerpos en espacios públicos; también los diseños de ropa a los que faltan deliberadamente fragmentos de tela, dejando al descubierto partes del cuerpo.
Consciente de su repercusión, avisaba a la prensa antes de realizar algunas de estas acciones, garantizándose la cobertura y el escándalo. Kusama comprendió muy pronto que ser artista también significaba construir una imagen pública, lo que la arroja a importantes contradicciones: habla de disolver el yo y el ego en su manido término “self-obliteration” pero crea una de las identidades visuales más reconocibles con su kimono y su flequillo.
En esta época cubre mobiliario, ropa y zapatos con proliferaciones de falos textiles y le entran ataques de pánico cuando descubre a artistas de su entorno desarrollando procedimientos próximos a los suyos: Claes Oldenburg inicia sus esculturas blandas y Andy Warhol la repetición y el empapelado de los espacios.
Kusama ya había expuesto dos veces en este mismo museo, en 1962 y 1965, ambas por invitación del artista y comisario Henk Peeters. La muestra recoge también una serie de fotografías realizadas por Harrie Verstappen de un fashion show de la artista celebrado en Ámsterdam en el verano de 1970.
Las exigencias de Nueva York y su precaria situación económica agravan sus problemas de salud mental. Muere su amigo el artista Joseph Cornell y, dos años después, su padre. Kusama regresa definitivamente a Japón y, pocos años después, ingresa voluntariamente en un hospital psiquiátrico donde continúa trabajando indiscriminadamente.
La exposición incluye su última serie, My Eternal Soul (2009-2021): grandes lienzos que iba girando a medida que pintaba, entregada por completo a la intuición. Como toda su obra, estas pinturas parecen surgir de los sueños de una razón que engendró sus propios monstruos y que, en lugar de ahuyentarlos, les dio forma.
Fuente: elespañol.com – Cultura
María Marco.
Radio Millenium Online


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