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Cultura

Barcelona, ciudad de prodigios literarios en permanente renovación

Sol abrasador en el centro de la ciudad, calor como de fundición de acero en la plaza Sant Felip Neri y un cadáver emparedado en un palacete en ruinas que muy probablemente acabe convertido en exclusivo hotel ‘boutique’. “En este barrio nada es lo que parece. La mitad es auténtica, la otra mitad es una fantasía bien restaurada”, anuncia Sergio Vila-Sanjuán a propósito del empedrado ‘gótico’ del siglo XIX en el que se desarrolla parte de su nueva novela, ‘Misterio en el Barrio Gótico’. A unos pocos metros, en el Saló de Cent del Ayuntamiento, Barcelona detalla el programa de su participación como invitada de honor en la próxima Feria Internacional del Libro de Guadalajara, pero en este rincón de Ciutat Vella, junto a esa fuente “contemporánea de los Beatles”, un grupo de periodistas pasa de la teoría a la práctica para seguir los pasos de la penúltima novela ‘made in’ Barcelona.

A pie de calle, se diría que el Ayuntamiento se ha conjurado para homenajear a Eduardo Mendoza, ‘Sant Cristo Gros’ de la expedición literaria, recreando con todo lujo de detalles el laberinto de zanjas que engullía una y otra vez al simpático narrador de ‘Sin noticias de Gurb’, pero no va por ahí los tiros. “Todas las ciudades cambian muchísimo con el tiempo, pero Barcelona muchísimo más. La de mi infancia, por ejemplo, ha desaparecido. No la reconocería nunca. No la reconocería ni su padre”, lamentaba el autor de ‘La verdad sobre el caso Savolta’ al poco de saberse ganador del último Premio Princesa de las Letras.

Por suerte, para eso están las novelas; para conocer, reconocer y leerse en las páginas de ‘El Quijote’,  ‘Diario del ladrón’, ‘Vida privada’, ‘La magnitud de la tragèdia’, ‘La ciudad de los prodigios’ o ‘El día del Watusi’. Barcelona, ya saben, como «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única». ¿Aún hoy? Veamos.

Nuevos temas para los barrios de siempre
A la hora de abrir fuego, Vila-Sanjuán, ganador del último Premio Fernando Lara, barre para casa. “El Barrio Gótico como tal no había sido abordado en ninguna novela, siempre aparece de formas laterales y en capítulos de muchas novelas, pero no en su conjunto y con la intención de interrogarse sobre qué significa», defiende. Para ello, ‘Misterio en el Barrio Gótico’ se viste de intriga clásica y nostalgia periodística (el protagonista, Víctor Balmoral, haría muy buenas migas con su creador) mientras se asoma a la ciudad de los prodigios desde la memoria urbana, la falsificación del pasado y la crítica a la turistificación, nuevos clásicos populares de la novelística barcelonesa.

No parece casualidad: en los últimos años, títulos como ‘Jo soc l’ultima Plaça’, de Alba Gómez Gabriel: ‘Consum preferent’, de Andrea Genovart; ‘Lectura fácil’, de Cristina Morales; ‘La próxima vez que te vea, te mato’, de Paulina Flores; o ‘Igual que ayer’, de Eduard Palomares, han ayudado a visibilizar nuevas tensiones y abrir plano para encuadrar también la gentrificación, el turismo de masas y las desigualdades sociales. ‘Barcelona posa’t guapa’, sí, pero tampoco demasiado.

La ciudad, relativiza Vila-Sanjuán, «está hecha de todas estas realidades”. También, añade, de las capas de romance gótico y fantasía sobrenatural que fijó en los cimientos su amigo Carlos Ruiz Zafón, fallecido hace ahora cinco años y, aún hoy, el mejor embajador literario de la ciudad. «Es imposible acercarse al género Barcelona sin sentir su presencia, pero venimos de mundos diferentes. Él venía del fantástico, yo del histórico y periodístico», esquiva. Zafón, mientras tanto, sigue siendo el autor en español más leído del mundo y la Barcelona neblinosa y agrisada de ‘La sombra del viento’, la ciudad del vapor y la ceniza, suma nuevos adeptos en países como Mongolia, Etiopía o Kurdistán.

De leyendas como esta, 50 millones de libros vendidos y subiendo, se alimenta la mitología de la Gran Novela de Barcelona, ilustre linaje en el que conviven desde tótems literarios como Juan Marsé y Mercè Rodoreda a superventas de largo recorrido como Ildefonso Falcones, y especie en (aparente) peligro de extinción por puro agotamiento: ante lo homérico de acercarse a la ciudad con toneladas de paciencia y ademanes de novelista victoriano, muchos autores han optado por recluirse en un rincón de la ciudad y construir desde ahí un mundo propio. Tampoco esto parece casualidad y abundan los ejemplos recientes, con Maria Roig llenando de literatura y desazón generacional el socavón del Carmel en ‘Ama de casa’, o Xavier Bosch, ‘best-seller’ recurrente y gran triunfador de la diada de Sant Jordi, evocando los días de gloria de la calle Tuset y la Barcelona del diseño y la publicidad en ‘Diagonal-Manhattan’.

De Horta al Raval
Hay más, claro, y este microcosmos libresco lo mismo caben el Guinardó gris y anticlimático de Carlos Zanón que la zona alta de Gràcia de Juan Pablo Villalobos;  el pasaje de Ciutat Vella que le valió a Maria Carme Roca el último premio Santa Eulàlia y el Eixample microscópico que Dioni Porta condensa en ‘Empujar el sol’.

En ‘La quarta noia per la dreta’, una de sus últimas novelas, Andreu Martín evoca el Eixample sin pavimentar y el Paral·lel como «paseo del pecado» en la Barcelona de principios del siglo XX, mientras que no muy lejos de ahí, en las Tres Chimeneas de Sant Antoni, Andreu Claret arroja al protagonista de ‘La casa de les tres xemeneies’, hijo de exiliados republicanos, para que descubra los cambios sociales que empezaban a intuirse tras la rigidez autoritaria del franquismo.

Siguiendo la ruta, parada exprés en Horta para saluda a los jubilados desaparecidos de ‘El rol del Roc’, novela con la que Màrius Serra se lo pasa en grande en su barrio de toda la vida, y tarde libre para empaparse de las nuevas voces surgidas en el Raval, polo de atracción delincuencial y marginal que el dramaturgo Eduardo Olesti ha convertido en impagable telón de fondo de su primera novela, ‘Gossos dempeus’. En el menú, una Barcelona oscura y violenta en la que la sarna corre aún más rápido que la precariedad.

Sin apenas cambiar de acera, Adrià Targa fantasea en ‘Arnau’ con encuentros delirantes con Jaime Gil de Biedma y Jacint Verdaguer mientras despliega un poema narrativo con paradas en el Corte Inglés de plaza Catalunya y, en fin, en las zonas más incómodas de la Barcelona contemporánea. Salvaje y asfixiante es también ‘Hiperràbia’, novela con la que Ferran Grau homenajea a ‘La naranja mecánica’ de Anthony Burgess y, al mismo tiempo, recrea muy libremente el asesinato real de Rosario Endrinal en un cajero automático de Sant Gervasi en 2005.

Otro barrio, mismos problemas y una nueva muesca en la cartografía de esa Barcelona literaria de la que también hay quien se aleja por voluntad propia. Es el caso de Miqui Otero, a quien después de escribir ‘Rayos’ y ‘Simón’ le cayó encima una portavocía no solicitada contra la que se ha querido rebelar en ‘Orquesta’, su última novela. «Llega un momento en el que me agobia un poco esa sensación de estar haciendo de cronista de la ciudad, que es algo que no pretendo», reconocía el escritor durante las entrevistas promocionales de un libro con el que cambia la Barcelona post borrachera olímpica por un coro de personajes en una aldea gallega.

Un camino perfectamente inverso ha seguido Colm Toíbín, quien ha vuelto a volver, que dirían Mujeres, para recuperar su ‘Homenatge a Barcelona’, apasionada carta de amor a la ciudad que publicó por primera vez en inglés en 1990 y en catalán en 2003 pero que permanecía inédito en castellano. «La ciudad se ha convertido en un mosaico de enclaves discretos que se sostienen entre sí», escribe el irlandés. Lo mismo podría decirse de las novelas, hermanadas y haciendo piña para acabar dando forma a una gran novela barcelonesa que es realidad la suma de todas las demás.

Fuente: El Periódico de España.

David Morán.

 

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Cultura

Isabel Allende, ganadora del Premio Planeta 2026: «A mí me importa mucho la democracia porque sé lo que significa perderla»

Isabel Allende ha reivindicado el valor de la memoria histórica, la democracia y la solidaridad durante una rueda de prensa posterior a la recepción del Premio Planeta. La escritora ha explicado que su nueva novela, cuya gestación se ha prolongado durante 45 años, supone un «regreso a episodios de su propia historia» y a las experiencias que marcaron su vida. La autora ha compartido el protagonismo de la represión y la falta de libertad en la literatura con Sergio Hernández, finalista del galardón con La añoranza.

Allende ha explicado que la idea de retomar la historia de Alba, la nieta del patriarca de La casa de los espíritus, comenzó a tomar forma tras la publicación de aquella novela. Durante décadas, muchos lectores le preguntaron qué había sucedido con el personaje, una joven de 20 años traumatizada, embarazada y sola tras los acontecimientos narrados en la obra.

La escritora ha encontrado en esa historia una oportunidad para explorar la dictadura, el desarraigo y el vínculo con la tierra de origen. Alba, que ha sufrido la represión y permanece bajo la amenaza de un torturador, decide no abandonar su país, pese a que sus padres están en el exilio. «Ella ama demasiado su tierra», ha explicado Allende, quien también ha destacado la dificultad de marcharse y adaptarse a otro lugar.

En la novela, la casa adquiere un significado simbólico que trasciende la historia personal de la protagonista. «La casa representa el país», ha señalado la autora, que plantea dos niveles de lectura: la experiencia individual de Alba y la evolución política del país bajo la dictadura, desde su desarrollo hasta su desenlace.

La memoria como hilo conductor
Allende ha reconocido que escribir la novela ha sido una experiencia especialmente enriquecedora, porque la ha obligado a revisar sus vivencias y a regresar mentalmente a momentos importantes de su pasado.

Aunque Chile nunca aparece mencionado expresamente en La casa de los espíritus ni en otras novelas de la autora, Allende ha señalado que los lectores pueden identificar ese país como la tierra a la que siempre regresa en su literatura.

La escritora también ha destacado la coincidencia temática con La añoranza, de Sergio Hernández, otra obra centrada en la represión y la falta de libertad. «A mí me parece extraordinario que tú y yo hayamos escrito una novela sobre la represión», ha afirmado, al recordar que ambos autores no se conocían, y que ella ni siquiera sabía que Hernández sería finalista del premio.

Para Allende, esta coincidencia demuestra que determinados temas permanecen presentes en la sociedad y preocupan a quienes han vivido sus consecuencias. «A mí me importa mucho la democracia porque sé lo que significa perderla», ha asegurado. La autora ha explicado que ha vivido durante años en un estado de memoria, tratando de mantener vivo el recuerdo de su país y de las personas que perdió o que quedaron lejos.

En un contexto que considera preocupante para el futuro del mundo, Allende ha explicado que necesitó el paso del tiempo para abordar esta historia. Aunque podría haberla escrito en 1985, entonces no se sentía preparada. Las circunstancias actuales, ha señalado, la han empujado a retomar ese ejercicio de memoria.

«Escribo para conectar a la gente»

Preguntada por los lectores a los que le gustaría llegar, Allende ha afirmado que no busca «dirigirse a un público concreto», sino conectar con personas de todas las edades. Para ella, la escritura es, ante todo, una forma de comunicación.

«Si no hubiera lectores, no escribiría, porque no escribo para mí, escribo para conectar a la gente», ha explicado. La autora ha asegurado que responde personalmente a los correos que recibe, y ha relatado cómo algunos lectores le han contado que sus libros les han ayudado a «recuperar relaciones familiares que llevaban años rotas».

Allende ha destacado que sus obras se traducen a 42 idiomas, y ha atribuido su alcance internacional a la universalidad de las emociones. Aunque las diferencias culturales condicionan la manera de vivir y comprender el mundo, considera que los sentimientos permiten establecer vínculos entre personas de distintos lugares.

Una vida marcada por la palabra escrita
La autora también ha reflexionado sobre lo que ha descubierto de sí misma al revisar su trayectoria. Ha identificado la palabra escrita como el hilo conductor de su vida: comenzó a leer a los cinco años, continuó como periodista y terminó dedicándose a la literatura.

Además, ha reconocido que sus inquietudes fundamentales apenas han cambiado con el paso del tiempo. Entre ellas destaca su interés por las personas anónimas que, en situaciones extremas, demuestran un valor y una generosidad extraordinarios.

Allende ha recordado especialmente la solidaridad que presenció durante los momentos más difíciles de la historia de Chile, y ha destacado a quienes arriesgaron sus vidas para salvar a otras personas. Son historias que, según ha confesado, todavía la emocionan.

Su reflexión sobre el paso del tiempo ha dejado una de las frases más contundentes de la rueda de prensa: «La edad no te hace más sabio, te hace más de lo que ya eres».

Escribir sin perder el miedo
A pesar de haber publicado 32 libros, Allende ha reconocido que la experiencia no le ha proporcionado una mayor seguridad a la hora de escribir. Al recordar el proceso creativo de La casa de los espíritus, ha explicado que entonces tenía 39 años, y escribió con una libertad que no volvió a experimentar de la misma manera.

Tras la publicación de aquella obra, tomó conciencia de la complejidad del terreno que había abordado, y comenzó a afrontar cada nuevo libro con mayor autocrítica y temor.

La autora ha contado que siempre comienza sus libros el 8 de enero y que la víspera se convierte en una jornada de inquietud ante el reto de empezar de nuevo. Lejos de considerar esa inseguridad un obstáculo, cree que le obliga a ponerse a prueba constantemente.

Por su parte, Sergio Hernández ha ofrecido las primeras impresiones sobre La añoranza, su novela finalista del Premio Planeta, ambientada en Barcelona en 1959. La novela de Hernández comparte con la obra de Allende la reflexión sobre la represión y la libertad, dos cuestiones que han centrado buena parte de las intervenciones de los escritores durante la rueda de prensa.

Fuente: Antena 3 Cultura.

Marta Alarcón.

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Cultura

Crítica ‘Ciudad de sombras’: Un thriller con Gaudí como protagonista que culmina el legado de Verónica Echegui

Antes de dejarnos, Verónica Echegui rodó el que ha acabado siendo su último proyecto audiovisual: ‘Ciudad de sombras’. Esta miniserie de Netflix ve la luz este 12 de diciembre, día en el que se emiten los seis episodios que la componen. Se trata de un thriller policíaco que tiene a la Barcelona de 2010 como escenario, pero también como personaje.

Isak Férriz forma pareja junto a Verónica Echegui en el reparto principal de ‘Ciudad de sombras’, donde interpretan, respectivamente, a Milo Malart, un inspector de los Mossos d’Esquadra, y a Rebeca Garrido, una subinspectora de la Policía Nacional. Rebeca es trasladada a una comisaría barcelonesa para investigar el cruel asesinato a uno de los constructores más importantes de Cataluña, de modo que tendrá que hacer tándem con Milo, que regresa de una suspensión laboral por agresión a un compañero.

La muerte de este empresario es solo la primera de una serie de crímenes que atentan contra la alta burguesía de Barcelona que lidera la vida de la ciudad condal, como la construcción o el arte. Pero no se trata de un asesinato sin más, sino que la víctima ha sido secuestrada durante días sin recibir agua ni comida para luego ser quemado vivo en la fachada de la Casa Milà-La Pedrera, uno de los símbolos más preciados de Gaudí.

La ciudad sí es protagonista

Estamos un poco cansados del discurso fácil de creadores, directores y productores sobre que las localizaciones son protagonistas de las historias. En muchas ocasiones, se trata solo de una forma más de vender el proyecto, pues no acaba de ajustarse a la realidad. No obstante, ‘Ciudad de sombras’ sí lleva esto a cabo, dado que, tal y como está configurada la historia, no podría suceder en otro lado que no fuera Barcelona.

La vinculación de Gaudí a través de su arquitectura con los crueles sucesos dota a la miniserie de identidad propia. Relacionado con el modernista catalán, la ficción navega en las teorías que lo unen a la masonería, puesto que aparecen varios símbolos masónicos en el caso. Por tanto, ya no solo es la obra del arquitecto, sino también su propia vida la que se pone sobre la mesa para construir un caso en apariencia imposible de resolver. Es así como esta parte de la cultura de Barcelona adquiere gran poder en la serie y marca el elemento más diferenciador.

Por otro lado, ‘Ciudad de sombras’ también toca uno de los mayores conflictos de Barcelona asociados a Gaudí: la expropiación de viviendas en el entorno de la Sagrada Familia. Además, se ambienta en 2010, tan solo dos años después de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo que tensa aún más todo el tema de la vivienda y la crisis que sufren las clases bajas y medias respecto a la alta burguesía catalana, objetivo de este asesino en serie.

El esquema básico de un thriller

Lo más diferente que tiene ‘Ciudad de sombras’ es esa vinculación tan clara con la Barcelona de Gaudí. No obstante, por lo demás no deja de ser un thriller policíaco al uso. Basada en la novela ‘El verdugo de Gaudí’, de Aro Sainz de la Maza, esta producción de Arcadia, creada y dirigida por Jorge Torregrossa (‘El cuerpo en llamas’), toca algunos de los puntos más manidos del género en cuanto a la construcción de personajes.

Por un lado, un inspector rebelde con la autoridad que ha sufrido una dura pérdida personal que lo ha dejado atormentado. Por otro, una subinspectora que guarda a fuego su pasado y que no es precisamente comunicativa. Así, juntos crean una pareja muy poco avenida que tendrá que aprender a lidiar con el otro y formar equipo cuando en su propia comisaría no terminen de creer sus «disparatadas» teorías.

Sin embargo, esto no quiere decir que no sea efectiva en su ejecución. Estamos ante unos personajes interesantes, con un pasado que, pese a haberse visto en otros proyectos, no resulta cansino y con una evolución del caso que (vistos los dos primeros episodios) también sigue las pautas básicas. Pero todo engrana a la perfección con un modus operandi por el asesino cargado de misterio que te atrapa desde los primeros minutos. La historia está muy bien narrada y fomenta esa evolución del caso a la par que del misterio para conjugarlos e ir descubriendo aspectos interesantes.

Buen reparto, pero chirría en los efectos visuales

En cuanto a su reparto, Isak Férriz y Verónica Echegui firman un gran trabajo, especialmente él al dotar de mucho realismo a Milo Malart en todas las escenas de su vida personal. Cabe señalar que estas se construyen en muchas ocasiones con flashbacks, a las que se ha otorgado una estética diferente mediante el granulado, como si fuera un vídeo antiguo. El elenco lo completan nombres de la talla de Ana Wagener y Manolo Solo.

Pero también hay partes que chirrían, como los efectos visuales. La carta de presentación de ‘Ciudad de sombras’ es esa quema del empresario en La Pedrera y en el momento de desarrollarla se nota demasiado la falsedad de los efectos visuales, lo que te saca de la escena. Curiosamente, no es tan notorio en otros momentos en los que se visualiza desde otro ángulo.

En definitiva, ‘Ciudad de sombras’ es un buen thriller, que sigue los patrones ya vistos en otros ejemplos del género, pero con Barcelona y Gaudí como sus mayores aliados. La presencia de la ciudad en la historia más allá de ser un simple escenario bonito es su gran arma para conseguir sobresalir y captar la atención del espectador, que se perderá en esta historia conspiranoica que rodeaba al afamado arquitecto.

Fuente: Fórmula TV.

Fernando S. Palenzuela.

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Cultura

Vértigo y abismo de Yayoi Kusama: así es la última gran exposición que la artista diseñó antes de morir

Excesiva e infinita, Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929 – Tokio, 2026) fue una artista omnímoda: pintura, moda, escultura, happening, instalación… A sus espaldas quedan siete décadas de un arte irrefrenable y avasallador, compulsivo y febril que responde, por una parte, al deseo desesperado de triunfar en el mundo artístico –quizá para vengarse de unos padres que nunca apoyaron su vocación– y, por otra, a la catarsis del punto y de la raya, al exorcismo de un trabajo constante y rutinario –ejercido a diario en su estudio– que le ayudó a controlar sus obsesiones y las turbulencias de su salud mental.

Tras su reciente fallecimiento, a los 97 años, el pasado 14 de agosto, se inaugura su última exposición, la última en cuya preparación estuvo involucrada en vida y hasta la que ha podido viajar El Cultural. Se trata de una coproducción entre la Fondation Beyeler (Basilea, Suiza), el Museum Ludwig (Colonia, Alemania) y el Stedelijk Museum de Ámsterdam.

Cada sede cuenta con un comisariado distinto: en Ámsterdam ha sido Leontine Coelewij, conservadora del Stedelijk, quien ha realizado un excelente trabajo. La exposición, titulada Yayoi Kusama, es una completa retrospectiva con relevantes y bien escogidas piezas de cada una de sus épocas. Permanecerá abierta al público hasta el 17 de enero.

Sea por su trabajo insistente sobre la infinitud y la despersonalización o por su franqueza al hablar de su salud mental, Kusama se ha convertido en un icono global del arte. Sus exposiciones congregan a miles de espectadores y la moda, de la mano del gigante del lujo Louis Vuitton, ha terminado de consagrarla como musa.

Un tópico recurrente en su biografía sostiene que la artista trabajó sin descanso hasta casi el día de su fallecimiento. Sin embargo, ha trascendido que pasaba largas temporadas postrada en la cama mientras su estudio continuaba produciendo sus esculturas a gran escala, trazando una línea cada vez más tenue entre su autoría y la ejecución de sus colaboradores. De hecho, Kusama Studio ha sido el interlocutor durante este proceso de creación, validado, eso sí, por la artista.

Poco antes de su muerte, la artista respondía a las preguntas de nuestro compañero, Rubén Fernández-Costa, en una de sus últimas entrevistas. Un reportaje exclusivo que publicaba el Bookazine de Magas en su número 3.

Protagonista de la portada de la revista, la artista declaraba entonces: «Habiendo cultivado una postura propia ante la vida y consciente de que el tiempo que me queda es cada vez más corto, sigo buscando constantemente algo nuevo, buscando con urgencia alcanzar nuevas cotas en el ámbito del arte».

En el Stedelijk podemos ver dos asombrosas instalaciones a gran escala que, como broche final, dejan al espectador sin respiración. Su envergadura nos arroja brutalmente al mundo de Alicia en el país de las maravillas: sinuosos tentáculos amarillos, sobre los que los puntos negros menguan hasta desaparecer, entran y salen, se retuercen y se reflejan por los lugares más inverosímiles de la segunda planta del museo.

En su interior hay, además, una segunda Infinity Mirror Room, como ella denominaba estos espacios, que duplica la sensación de vértigo y abismo. La gran instalación se titula Infinity Mirrored Room – The Hope of the Polka Dots Buried in Infinity Will Eternally Cover the Universe (2025) y se corresponde con la angustiosa imagen que abre esta crítica.

Pero empecemos por el principio. El vestíbulo apuesta fuerte por las famosas bolas de espejo que presentó en la Bienal de Venecia bajo el título Narcissus Garden (1966/2026). La artista se plantó en los Giardini, sin haber sido invitada oficialmente, con 1.500 esferas reflectantes que vendía a dos dólares cada una, convirtiendo la mercantilización del arte y el narcisismo asociado al artista en parte de la propia acción.

De aquí pasamos a una de las partes más interesantes e innovadoras del recorrido: sus primeros dibujos, que ya contienen sus obsesiones de madurez. Con cinco años, según relató, veía bailar lunares por las mesas y los muebles de su casa. En un grafito de 1934, Sin título, dibuja una escena japonesa que llena de pequeños puntos de color. El impacto de la bomba atómica, que vivió siendo adolescente, también encuentra eco en un gouache de 1954.

Estas dos primeras salas, interesantísimas, descubren a una dibujante de enorme creatividad y sensibilidad, con fondos trabajados y matéricos y pequeñas formas fragmentadas como constelaciones, árboles diminutos o estrellas.

Destaca también la correspondencia con la pintora Georgia O’Keeffe, a quien admiraba profundamente y a quien escribió buscando consejo y apoyo para abrirse camino como artista.

Llegamos al verano de 1958, cuando aterriza en Nueva York. Los lienzos se vuelven más grandes y monocromáticos y su trabajo comienza a anticipar algunos planteamientos que después asociaríamos al minimalismo. Superficies sin principio ni fin, construidas mediante formas que se concatenan hasta crear una red, una retícula orgánica.

El diseño expositivo destaca aquí especialmente: la arquitectura efímera de los pasillos abre ventanas por las que entrevemos piezas situadas en otras salas, estratégicamente colocadas, estableciendo diálogos y anticipaciones a lo largo del recorrido.

Kusama empieza a brillar en Nueva York. Llegan las orgías, los desnudos y los happenings en los que pinta cuerpos en espacios públicos; también los diseños de ropa a los que faltan deliberadamente fragmentos de tela, dejando al descubierto partes del cuerpo.

Consciente de su repercusión, avisaba a la prensa antes de realizar algunas de estas acciones, garantizándose la cobertura y el escándalo. Kusama comprendió muy pronto que ser artista también significaba construir una imagen pública, lo que la arroja a importantes contradicciones: habla de disolver el yo y el ego en su manido término “self-obliteration” pero crea una de las identidades visuales más reconocibles con su kimono y su flequillo.

En esta época cubre mobiliario, ropa y zapatos con proliferaciones de falos textiles y le entran ataques de pánico cuando descubre a artistas de su entorno desarrollando procedimientos próximos a los suyos: Claes Oldenburg inicia sus esculturas blandas y Andy Warhol la repetición y el empapelado de los espacios.

Kusama ya había expuesto dos veces en este mismo museo, en 1962 y 1965, ambas por invitación del artista y comisario Henk Peeters. La muestra recoge también una serie de fotografías realizadas por Harrie Verstappen de un fashion show de la artista celebrado en Ámsterdam en el verano de 1970.

Las exigencias de Nueva York y su precaria situación económica agravan sus problemas de salud mental. Muere su amigo el artista Joseph Cornell y, dos años después, su padre. Kusama regresa definitivamente a Japón y, pocos años después, ingresa voluntariamente en un hospital psiquiátrico donde continúa trabajando indiscriminadamente.

La exposición incluye su última serie, My Eternal Soul (2009-2021): grandes lienzos que iba girando a medida que pintaba, entregada por completo a la intuición. Como toda su obra, estas pinturas parecen surgir de los sueños de una razón que engendró sus propios monstruos y que, en lugar de ahuyentarlos, les dio forma.

Fuente: elespañol.com – Cultura

María Marco.

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