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Cultura

Por qué los museos españoles baten récords de visitas: «Antes teníamos colas los sábados y domingos, ahora los siete días»

En 2023 se alcanzaron registros históricos en El Prado, el Guggenheim o el Thyssen, con afluencias que superan los niveles prepandemia. «La visita al museo se ha convertido en algo interiorizado para mucha gente», celebran en los centros.

Una vieja broma decía que los españoles vamos al Museo del Prado de dos veces en nuestra vida. La primera vez nos llevó nuestro padre; la segunda vez, acompañamos a nuestros hijos. Y, aunque el chiste se haya quedado un poco antiguo, dice mucho del significado ritual de esa cosa llamada «ir al museo» en el siglo XX. Ir al museo era una manera de recibir y de transmitir un sentido de la historia colectiva. Nos convertimos en ciudadanos porque fuimos al Prado con nuestros padres. Puede que no fuese el sábado más divertido de nuestra infancia pero aquí estamos, al cabo de los años, delante del mismo cuadro de Carlos V de Tiziano, con nuestros hijos, más bien abrumados.

La palabra ritual es la clave del anterior párrafo porque sólo a través de la palabra ritual es posible entender las estadísticas que esta semana han publicado los museos españoles. 3.241.263 personas visitaron El Prado en 2.023, 800.000 visitas más que las de 2.013. El Museo Sorolla vendió 344.799 entradas, un 40% más que en 2022. A principios de siglo, el Sorolla recibía 100.000 visitas. El Guggenheim de Bilbao, la sede del Reina Sofía, los centros de Patrimonio Nacional y los museos de Málaga también han presentado las mejores cifras de su historia. El Museo Nacional Thyssen Bornemisza ha superado el millón de visitantes, la cuota del sobresaliente en su historia, y la Galería de Colecciones Reales lleva 336.058 entradas vendidas desde junio. Y hay más datos sorprendentes si se mira la letra pequeña. En El Prado, por ejemplo, el público se ha rejuvenecido: el 35% de los asistentes tiene entre 18 y 34 años. Abundan también las mujeres (57%) y las personas con estudios superiores (81%). En realidad, al Prado no nos llevó nuestro padre sino nuestra madre.

¿Cómo se explican estas colas? ¿Es acaso España un país obsesionado por el arte en el que los pintores sean voces políticamente relevantes? Algo así ocurrió en la época de Chillida, Tàpies y Chirino pero, ¿en 2024?

«Hay una disociación clarísima, ¿verdad? Hay algo que no encaja entre la cantidad de público de los museos y la gente que entra en las galerías de arte», dice Javier Garcerá, pintor y catedrático en la Facultad de Bellas Artes de Málaga. «A los alumnos tenemos que insistirles para que vayan a las galerías porque entran en la carrera sin una idea clara de lo que es el arte contemporáneo. Sin embargo, a los museos sí van, sienten que es lo que toca». Ese «lo que toca», claro, es otra manera de referirse al ritual del museo.

«Antes, teníamos colas los sábados y los domingos, ahora tenemos colas los siete días», explica Enrique Varela, director del Museo Sorolla. Su hipótesis es que los museos han cambiado radicalmente su manera de presentarse al público durante las primeras décadas del siglo XXI y que esa transformación ha calado. «Yo me acuerdo de lo que era ir al Prado hace 25 años, de ir casi solo. A veces me encantaría volver. Pero creo que el cambio es bueno. Antes, un museo era una institución ensimismada que tenía la función de guardar una serie de tesoros. Durante este siglo, esa visión se rompió. La consecuencia es que la visita al museo se ha convertido en algo interiorizado para mucha gente». Cualquier español, no necesariamente interesado en el arte, sabe que ir al museo es una alternativa para sus sábados, igual que ir al cine o al teatro o a cenar.

Viaje en el tiempo a 2020. En el verano de la pandemia, cuando los primeros museos reabrieron tras el confinamiento, los periódicos se llenaron de noticias sobre la nueva normalidad del arte. El público habría de seguir un sentido rígido en sus visitas, de modo que se acabaría el alegre deambular por las salas. Los aforos, por supuesto, aparecerían reducidos, igual que la oferta. Los blockbusters, las superproducciones del estilo Todo Vermeer, Picasso y Goya o Los maestros de Florencia habrían de ser sustituidas por lo que entonces se llamaba «producto de cercanía».

De todas esas previsiones, la única que se ha cumplido ha sido la de los blockbusters. «En el Museo Sorolla hemos celebrado el centenario sin hacer la gran exposición en singular de Sorolla, porque esa exposición ya estaba hecha, se vio en El Prado en 2009. Las muestras que hemos hecho han sido de tesis, enfocadas en temas concretos. Y hemos tenido que aplicar restricciones de aforo cada día», cuenta Enrique Varela. En el Prado, Carlos Chaguaceda explica algo parecido: «La única gran muestra de 2023 dedicada a un artista fue la de Guido Reni. Creo que Reni, a partir de la exposición, ha cambiado de estatus, pero no era un pintor que vendiera las entradas con su nombre. O sea que el récord lo conseguimos sin superproducciones».

¿Por qué el público y el ritual de ir al museo se han recuperado tan deprisa mientras que el teatro y el cine siguen lejos de los niveles de 2019? Hay otra palabra clave que todavía no ha aparecido y que explica ese éxito: turismo. España ha recibido en 2023 82 millones de visitantes (datos estimados), por encima del nivel de 2019. Y casi todos ellos tienen en su ritual del viaje la idea de que no hay un fin de semana largo en Barcelona que no incluya una visita a algún museo.

«Después de la pandemia, el turismo nacional llegó a los museos inmediatamente», recuerda el economista Antoni Laporte, director de la consultora Artimetria. «Íbamos a Bilbao y visitábamos el Bellas Artes, no solo el Guggenheim, porque no sabíamos cuándo podríamos volver. Ahora, ha vuelto el turismo internacional. Pero cuidado porque ese público está centrado en unos pocos museos. En Cataluña hay 350 museos registrados pero son 20 los que reciben al 75% del público y a prácticamente todos los extranjeros».

«En Málaga se da por hecho que los cruceristas pasan por los museos, hay convenios para llevarlos directamente del barco», cuenta Javier Garcerá. «Me parece bien, todo el mundo debe de ser bienvenido en el arte. ¿Cuál es el efecto de ese flujo en el servicio que los museos dan a los malagueños? Sobre eso, tengo dudas, como todo el mundo las tiene».

En el Museo del Prado han cerrado el año con otro dato significativo: tuvo casi la misma cantidad de visitantes españoles y extranjeros (49 y 51% respectivamente). Y nadie lo dirá así porque sería una descortesía pero todo el mundo sabe que el público local es el que hay que cuidar especialmente porque será el que vuelva el año que viene. «Nuestra obsesión es ser relevantes todo el año, conectarnos con lo que sucede y no ser una cosa del pasado. Si Ridley Scott estrena Napoleón, lo llevamos a ver Los fusilamientos del Dos de Mayo. Si el actor de Succession llega a España, lo fotografiamos con Saturno devorando a sus hijos. Y lo entendió perfectamente… Nunca sabremos cuál es el impacto real de esas acciones, pero creo que han creado la imagen de una institución presente en la vida», dice Chaguaceda.

Sólo queda hablar del dinero: los museos son, en el fondo, baratos, sobre todo si se compara con cualquier otra forma de ocio. Las entradas de los museos nacionales suelen costar 16 euros pero sus taquillas están llenas de excepciones que permiten que hasta un 50% del público (es el caso del Prado) entre sin pagar. Y los museos privados más caros, del estilo del Museo Picasso de Barcelona, están claramente enfocados en el turismo extranjero. En un mundo en el que la inflación es un factor económico del que todo el mundo es consciente y en el que la demanda crece cada año, ¿es previsible que los museos dejen de ser tan baratos? «Mientras el acceso a la cultura esté en la Constitución, no creo que cambie la política de precios», responde Enrique Varela en el Museo Sorolla.

 

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Cultura

Isabel Allende, ganadora del Premio Planeta 2026: «A mí me importa mucho la democracia porque sé lo que significa perderla»

Isabel Allende ha reivindicado el valor de la memoria histórica, la democracia y la solidaridad durante una rueda de prensa posterior a la recepción del Premio Planeta. La escritora ha explicado que su nueva novela, cuya gestación se ha prolongado durante 45 años, supone un «regreso a episodios de su propia historia» y a las experiencias que marcaron su vida. La autora ha compartido el protagonismo de la represión y la falta de libertad en la literatura con Sergio Hernández, finalista del galardón con La añoranza.

Allende ha explicado que la idea de retomar la historia de Alba, la nieta del patriarca de La casa de los espíritus, comenzó a tomar forma tras la publicación de aquella novela. Durante décadas, muchos lectores le preguntaron qué había sucedido con el personaje, una joven de 20 años traumatizada, embarazada y sola tras los acontecimientos narrados en la obra.

La escritora ha encontrado en esa historia una oportunidad para explorar la dictadura, el desarraigo y el vínculo con la tierra de origen. Alba, que ha sufrido la represión y permanece bajo la amenaza de un torturador, decide no abandonar su país, pese a que sus padres están en el exilio. «Ella ama demasiado su tierra», ha explicado Allende, quien también ha destacado la dificultad de marcharse y adaptarse a otro lugar.

En la novela, la casa adquiere un significado simbólico que trasciende la historia personal de la protagonista. «La casa representa el país», ha señalado la autora, que plantea dos niveles de lectura: la experiencia individual de Alba y la evolución política del país bajo la dictadura, desde su desarrollo hasta su desenlace.

La memoria como hilo conductor
Allende ha reconocido que escribir la novela ha sido una experiencia especialmente enriquecedora, porque la ha obligado a revisar sus vivencias y a regresar mentalmente a momentos importantes de su pasado.

Aunque Chile nunca aparece mencionado expresamente en La casa de los espíritus ni en otras novelas de la autora, Allende ha señalado que los lectores pueden identificar ese país como la tierra a la que siempre regresa en su literatura.

La escritora también ha destacado la coincidencia temática con La añoranza, de Sergio Hernández, otra obra centrada en la represión y la falta de libertad. «A mí me parece extraordinario que tú y yo hayamos escrito una novela sobre la represión», ha afirmado, al recordar que ambos autores no se conocían, y que ella ni siquiera sabía que Hernández sería finalista del premio.

Para Allende, esta coincidencia demuestra que determinados temas permanecen presentes en la sociedad y preocupan a quienes han vivido sus consecuencias. «A mí me importa mucho la democracia porque sé lo que significa perderla», ha asegurado. La autora ha explicado que ha vivido durante años en un estado de memoria, tratando de mantener vivo el recuerdo de su país y de las personas que perdió o que quedaron lejos.

En un contexto que considera preocupante para el futuro del mundo, Allende ha explicado que necesitó el paso del tiempo para abordar esta historia. Aunque podría haberla escrito en 1985, entonces no se sentía preparada. Las circunstancias actuales, ha señalado, la han empujado a retomar ese ejercicio de memoria.

«Escribo para conectar a la gente»

Preguntada por los lectores a los que le gustaría llegar, Allende ha afirmado que no busca «dirigirse a un público concreto», sino conectar con personas de todas las edades. Para ella, la escritura es, ante todo, una forma de comunicación.

«Si no hubiera lectores, no escribiría, porque no escribo para mí, escribo para conectar a la gente», ha explicado. La autora ha asegurado que responde personalmente a los correos que recibe, y ha relatado cómo algunos lectores le han contado que sus libros les han ayudado a «recuperar relaciones familiares que llevaban años rotas».

Allende ha destacado que sus obras se traducen a 42 idiomas, y ha atribuido su alcance internacional a la universalidad de las emociones. Aunque las diferencias culturales condicionan la manera de vivir y comprender el mundo, considera que los sentimientos permiten establecer vínculos entre personas de distintos lugares.

Una vida marcada por la palabra escrita
La autora también ha reflexionado sobre lo que ha descubierto de sí misma al revisar su trayectoria. Ha identificado la palabra escrita como el hilo conductor de su vida: comenzó a leer a los cinco años, continuó como periodista y terminó dedicándose a la literatura.

Además, ha reconocido que sus inquietudes fundamentales apenas han cambiado con el paso del tiempo. Entre ellas destaca su interés por las personas anónimas que, en situaciones extremas, demuestran un valor y una generosidad extraordinarios.

Allende ha recordado especialmente la solidaridad que presenció durante los momentos más difíciles de la historia de Chile, y ha destacado a quienes arriesgaron sus vidas para salvar a otras personas. Son historias que, según ha confesado, todavía la emocionan.

Su reflexión sobre el paso del tiempo ha dejado una de las frases más contundentes de la rueda de prensa: «La edad no te hace más sabio, te hace más de lo que ya eres».

Escribir sin perder el miedo
A pesar de haber publicado 32 libros, Allende ha reconocido que la experiencia no le ha proporcionado una mayor seguridad a la hora de escribir. Al recordar el proceso creativo de La casa de los espíritus, ha explicado que entonces tenía 39 años, y escribió con una libertad que no volvió a experimentar de la misma manera.

Tras la publicación de aquella obra, tomó conciencia de la complejidad del terreno que había abordado, y comenzó a afrontar cada nuevo libro con mayor autocrítica y temor.

La autora ha contado que siempre comienza sus libros el 8 de enero y que la víspera se convierte en una jornada de inquietud ante el reto de empezar de nuevo. Lejos de considerar esa inseguridad un obstáculo, cree que le obliga a ponerse a prueba constantemente.

Por su parte, Sergio Hernández ha ofrecido las primeras impresiones sobre La añoranza, su novela finalista del Premio Planeta, ambientada en Barcelona en 1959. La novela de Hernández comparte con la obra de Allende la reflexión sobre la represión y la libertad, dos cuestiones que han centrado buena parte de las intervenciones de los escritores durante la rueda de prensa.

Fuente: Antena 3 Cultura.

Marta Alarcón.

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Cultura

Crítica ‘Ciudad de sombras’: Un thriller con Gaudí como protagonista que culmina el legado de Verónica Echegui

Antes de dejarnos, Verónica Echegui rodó el que ha acabado siendo su último proyecto audiovisual: ‘Ciudad de sombras’. Esta miniserie de Netflix ve la luz este 12 de diciembre, día en el que se emiten los seis episodios que la componen. Se trata de un thriller policíaco que tiene a la Barcelona de 2010 como escenario, pero también como personaje.

Isak Férriz forma pareja junto a Verónica Echegui en el reparto principal de ‘Ciudad de sombras’, donde interpretan, respectivamente, a Milo Malart, un inspector de los Mossos d’Esquadra, y a Rebeca Garrido, una subinspectora de la Policía Nacional. Rebeca es trasladada a una comisaría barcelonesa para investigar el cruel asesinato a uno de los constructores más importantes de Cataluña, de modo que tendrá que hacer tándem con Milo, que regresa de una suspensión laboral por agresión a un compañero.

La muerte de este empresario es solo la primera de una serie de crímenes que atentan contra la alta burguesía de Barcelona que lidera la vida de la ciudad condal, como la construcción o el arte. Pero no se trata de un asesinato sin más, sino que la víctima ha sido secuestrada durante días sin recibir agua ni comida para luego ser quemado vivo en la fachada de la Casa Milà-La Pedrera, uno de los símbolos más preciados de Gaudí.

La ciudad sí es protagonista

Estamos un poco cansados del discurso fácil de creadores, directores y productores sobre que las localizaciones son protagonistas de las historias. En muchas ocasiones, se trata solo de una forma más de vender el proyecto, pues no acaba de ajustarse a la realidad. No obstante, ‘Ciudad de sombras’ sí lleva esto a cabo, dado que, tal y como está configurada la historia, no podría suceder en otro lado que no fuera Barcelona.

La vinculación de Gaudí a través de su arquitectura con los crueles sucesos dota a la miniserie de identidad propia. Relacionado con el modernista catalán, la ficción navega en las teorías que lo unen a la masonería, puesto que aparecen varios símbolos masónicos en el caso. Por tanto, ya no solo es la obra del arquitecto, sino también su propia vida la que se pone sobre la mesa para construir un caso en apariencia imposible de resolver. Es así como esta parte de la cultura de Barcelona adquiere gran poder en la serie y marca el elemento más diferenciador.

Por otro lado, ‘Ciudad de sombras’ también toca uno de los mayores conflictos de Barcelona asociados a Gaudí: la expropiación de viviendas en el entorno de la Sagrada Familia. Además, se ambienta en 2010, tan solo dos años después de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo que tensa aún más todo el tema de la vivienda y la crisis que sufren las clases bajas y medias respecto a la alta burguesía catalana, objetivo de este asesino en serie.

El esquema básico de un thriller

Lo más diferente que tiene ‘Ciudad de sombras’ es esa vinculación tan clara con la Barcelona de Gaudí. No obstante, por lo demás no deja de ser un thriller policíaco al uso. Basada en la novela ‘El verdugo de Gaudí’, de Aro Sainz de la Maza, esta producción de Arcadia, creada y dirigida por Jorge Torregrossa (‘El cuerpo en llamas’), toca algunos de los puntos más manidos del género en cuanto a la construcción de personajes.

Por un lado, un inspector rebelde con la autoridad que ha sufrido una dura pérdida personal que lo ha dejado atormentado. Por otro, una subinspectora que guarda a fuego su pasado y que no es precisamente comunicativa. Así, juntos crean una pareja muy poco avenida que tendrá que aprender a lidiar con el otro y formar equipo cuando en su propia comisaría no terminen de creer sus «disparatadas» teorías.

Sin embargo, esto no quiere decir que no sea efectiva en su ejecución. Estamos ante unos personajes interesantes, con un pasado que, pese a haberse visto en otros proyectos, no resulta cansino y con una evolución del caso que (vistos los dos primeros episodios) también sigue las pautas básicas. Pero todo engrana a la perfección con un modus operandi por el asesino cargado de misterio que te atrapa desde los primeros minutos. La historia está muy bien narrada y fomenta esa evolución del caso a la par que del misterio para conjugarlos e ir descubriendo aspectos interesantes.

Buen reparto, pero chirría en los efectos visuales

En cuanto a su reparto, Isak Férriz y Verónica Echegui firman un gran trabajo, especialmente él al dotar de mucho realismo a Milo Malart en todas las escenas de su vida personal. Cabe señalar que estas se construyen en muchas ocasiones con flashbacks, a las que se ha otorgado una estética diferente mediante el granulado, como si fuera un vídeo antiguo. El elenco lo completan nombres de la talla de Ana Wagener y Manolo Solo.

Pero también hay partes que chirrían, como los efectos visuales. La carta de presentación de ‘Ciudad de sombras’ es esa quema del empresario en La Pedrera y en el momento de desarrollarla se nota demasiado la falsedad de los efectos visuales, lo que te saca de la escena. Curiosamente, no es tan notorio en otros momentos en los que se visualiza desde otro ángulo.

En definitiva, ‘Ciudad de sombras’ es un buen thriller, que sigue los patrones ya vistos en otros ejemplos del género, pero con Barcelona y Gaudí como sus mayores aliados. La presencia de la ciudad en la historia más allá de ser un simple escenario bonito es su gran arma para conseguir sobresalir y captar la atención del espectador, que se perderá en esta historia conspiranoica que rodeaba al afamado arquitecto.

Fuente: Fórmula TV.

Fernando S. Palenzuela.

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Cultura

Vértigo y abismo de Yayoi Kusama: así es la última gran exposición que la artista diseñó antes de morir

Excesiva e infinita, Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929 – Tokio, 2026) fue una artista omnímoda: pintura, moda, escultura, happening, instalación… A sus espaldas quedan siete décadas de un arte irrefrenable y avasallador, compulsivo y febril que responde, por una parte, al deseo desesperado de triunfar en el mundo artístico –quizá para vengarse de unos padres que nunca apoyaron su vocación– y, por otra, a la catarsis del punto y de la raya, al exorcismo de un trabajo constante y rutinario –ejercido a diario en su estudio– que le ayudó a controlar sus obsesiones y las turbulencias de su salud mental.

Tras su reciente fallecimiento, a los 97 años, el pasado 14 de agosto, se inaugura su última exposición, la última en cuya preparación estuvo involucrada en vida y hasta la que ha podido viajar El Cultural. Se trata de una coproducción entre la Fondation Beyeler (Basilea, Suiza), el Museum Ludwig (Colonia, Alemania) y el Stedelijk Museum de Ámsterdam.

Cada sede cuenta con un comisariado distinto: en Ámsterdam ha sido Leontine Coelewij, conservadora del Stedelijk, quien ha realizado un excelente trabajo. La exposición, titulada Yayoi Kusama, es una completa retrospectiva con relevantes y bien escogidas piezas de cada una de sus épocas. Permanecerá abierta al público hasta el 17 de enero.

Sea por su trabajo insistente sobre la infinitud y la despersonalización o por su franqueza al hablar de su salud mental, Kusama se ha convertido en un icono global del arte. Sus exposiciones congregan a miles de espectadores y la moda, de la mano del gigante del lujo Louis Vuitton, ha terminado de consagrarla como musa.

Un tópico recurrente en su biografía sostiene que la artista trabajó sin descanso hasta casi el día de su fallecimiento. Sin embargo, ha trascendido que pasaba largas temporadas postrada en la cama mientras su estudio continuaba produciendo sus esculturas a gran escala, trazando una línea cada vez más tenue entre su autoría y la ejecución de sus colaboradores. De hecho, Kusama Studio ha sido el interlocutor durante este proceso de creación, validado, eso sí, por la artista.

Poco antes de su muerte, la artista respondía a las preguntas de nuestro compañero, Rubén Fernández-Costa, en una de sus últimas entrevistas. Un reportaje exclusivo que publicaba el Bookazine de Magas en su número 3.

Protagonista de la portada de la revista, la artista declaraba entonces: «Habiendo cultivado una postura propia ante la vida y consciente de que el tiempo que me queda es cada vez más corto, sigo buscando constantemente algo nuevo, buscando con urgencia alcanzar nuevas cotas en el ámbito del arte».

En el Stedelijk podemos ver dos asombrosas instalaciones a gran escala que, como broche final, dejan al espectador sin respiración. Su envergadura nos arroja brutalmente al mundo de Alicia en el país de las maravillas: sinuosos tentáculos amarillos, sobre los que los puntos negros menguan hasta desaparecer, entran y salen, se retuercen y se reflejan por los lugares más inverosímiles de la segunda planta del museo.

En su interior hay, además, una segunda Infinity Mirror Room, como ella denominaba estos espacios, que duplica la sensación de vértigo y abismo. La gran instalación se titula Infinity Mirrored Room – The Hope of the Polka Dots Buried in Infinity Will Eternally Cover the Universe (2025) y se corresponde con la angustiosa imagen que abre esta crítica.

Pero empecemos por el principio. El vestíbulo apuesta fuerte por las famosas bolas de espejo que presentó en la Bienal de Venecia bajo el título Narcissus Garden (1966/2026). La artista se plantó en los Giardini, sin haber sido invitada oficialmente, con 1.500 esferas reflectantes que vendía a dos dólares cada una, convirtiendo la mercantilización del arte y el narcisismo asociado al artista en parte de la propia acción.

De aquí pasamos a una de las partes más interesantes e innovadoras del recorrido: sus primeros dibujos, que ya contienen sus obsesiones de madurez. Con cinco años, según relató, veía bailar lunares por las mesas y los muebles de su casa. En un grafito de 1934, Sin título, dibuja una escena japonesa que llena de pequeños puntos de color. El impacto de la bomba atómica, que vivió siendo adolescente, también encuentra eco en un gouache de 1954.

Estas dos primeras salas, interesantísimas, descubren a una dibujante de enorme creatividad y sensibilidad, con fondos trabajados y matéricos y pequeñas formas fragmentadas como constelaciones, árboles diminutos o estrellas.

Destaca también la correspondencia con la pintora Georgia O’Keeffe, a quien admiraba profundamente y a quien escribió buscando consejo y apoyo para abrirse camino como artista.

Llegamos al verano de 1958, cuando aterriza en Nueva York. Los lienzos se vuelven más grandes y monocromáticos y su trabajo comienza a anticipar algunos planteamientos que después asociaríamos al minimalismo. Superficies sin principio ni fin, construidas mediante formas que se concatenan hasta crear una red, una retícula orgánica.

El diseño expositivo destaca aquí especialmente: la arquitectura efímera de los pasillos abre ventanas por las que entrevemos piezas situadas en otras salas, estratégicamente colocadas, estableciendo diálogos y anticipaciones a lo largo del recorrido.

Kusama empieza a brillar en Nueva York. Llegan las orgías, los desnudos y los happenings en los que pinta cuerpos en espacios públicos; también los diseños de ropa a los que faltan deliberadamente fragmentos de tela, dejando al descubierto partes del cuerpo.

Consciente de su repercusión, avisaba a la prensa antes de realizar algunas de estas acciones, garantizándose la cobertura y el escándalo. Kusama comprendió muy pronto que ser artista también significaba construir una imagen pública, lo que la arroja a importantes contradicciones: habla de disolver el yo y el ego en su manido término “self-obliteration” pero crea una de las identidades visuales más reconocibles con su kimono y su flequillo.

En esta época cubre mobiliario, ropa y zapatos con proliferaciones de falos textiles y le entran ataques de pánico cuando descubre a artistas de su entorno desarrollando procedimientos próximos a los suyos: Claes Oldenburg inicia sus esculturas blandas y Andy Warhol la repetición y el empapelado de los espacios.

Kusama ya había expuesto dos veces en este mismo museo, en 1962 y 1965, ambas por invitación del artista y comisario Henk Peeters. La muestra recoge también una serie de fotografías realizadas por Harrie Verstappen de un fashion show de la artista celebrado en Ámsterdam en el verano de 1970.

Las exigencias de Nueva York y su precaria situación económica agravan sus problemas de salud mental. Muere su amigo el artista Joseph Cornell y, dos años después, su padre. Kusama regresa definitivamente a Japón y, pocos años después, ingresa voluntariamente en un hospital psiquiátrico donde continúa trabajando indiscriminadamente.

La exposición incluye su última serie, My Eternal Soul (2009-2021): grandes lienzos que iba girando a medida que pintaba, entregada por completo a la intuición. Como toda su obra, estas pinturas parecen surgir de los sueños de una razón que engendró sus propios monstruos y que, en lugar de ahuyentarlos, les dio forma.

Fuente: elespañol.com – Cultura

María Marco.

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