Cultura
Muere Paco Arévalo, humorista y actor, a los 76 años

El cómico Arévalo ha fallecido este miércoles a los 76 años. Su hijo Paco lo halló muerto en su domicilio cuando lo visitaba todos los días. Desde jornadas atrás se encontraba mal, con fiebre, sin sospechar un fatal desenlace porque no se le veía con gravedad.
El cuerpo de infortunado cómico, un ídolo popular por sus chistes, un fenómeno del boca a boca a través de las cintas de cassette, que fue el soporte en el que se vendían sus recopilaciones. Desde finales de los 70 estuvo más de diez años como líder en este tipo de grabaciones que se vendían especialmente en establecimientos de carretera. Acompañaba en los vehículos con sus chistes de «gangosos, mariquitas, andaluces o pasotas», rematados por risas enlatadas.
Su popularidad se afianzó por sus apariciones en TVE, sobre todo desde contó él Chicho Ibáñez Serrador en el Un, dos, tres, en el otoño de 1983. Suavizó su repertorio de las cintas para colarse en las casas. A partir de entonces se convirtió en secundario en comedias de destape de Ozores y en los primeros programas de humor de la cadenas privadas.
Paco Arévalo será enterrado en Valencia, ciudad donde vivía, este viernes. En un tanatorio valenciano es donde han acudido familiares y amigos, como el diestro El Soro, para despedirle. El cómico fue miembro de la cuadrilla del espectáculo El Bombero Torero durante cinco años, antes de su tirón popular. Recordaba que él interpretaba a un payaso con maleta de donde sacaba un minúsculo capote con el que lidiaba las vaquillas, recordaba en distintas entrevistas. Nació en Madrid en 1947 pero se crio en la localidad de Catarroja.
El hijo del cómico, Paco, ha señalado cómo estaba su padre en los últimos días, con una situación que podía preocupar pero no para pensar que estuviera en riesgo fatal. «Ha sido repentino, muy rápido, hace cuatro días parecía que tenía gripe y ha ido empeorando… Yo creo que ha sido un infarto», ha relatado el hijo del cómico. Una crisis cardíaca le había sobrevenido en un proceso gripal que se agravó rápidamente.
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Cultura
Crítica ‘Ciudad de sombras’: Un thriller con Gaudí como protagonista que culmina el legado de Verónica Echegui

Antes de dejarnos, Verónica Echegui rodó el que ha acabado siendo su último proyecto audiovisual: ‘Ciudad de sombras’. Esta miniserie de Netflix ve la luz este 12 de diciembre, día en el que se emiten los seis episodios que la componen. Se trata de un thriller policíaco que tiene a la Barcelona de 2010 como escenario, pero también como personaje.
Isak Férriz forma pareja junto a Verónica Echegui en el reparto principal de ‘Ciudad de sombras’, donde interpretan, respectivamente, a Milo Malart, un inspector de los Mossos d’Esquadra, y a Rebeca Garrido, una subinspectora de la Policía Nacional. Rebeca es trasladada a una comisaría barcelonesa para investigar el cruel asesinato a uno de los constructores más importantes de Cataluña, de modo que tendrá que hacer tándem con Milo, que regresa de una suspensión laboral por agresión a un compañero.
La muerte de este empresario es solo la primera de una serie de crímenes que atentan contra la alta burguesía de Barcelona que lidera la vida de la ciudad condal, como la construcción o el arte. Pero no se trata de un asesinato sin más, sino que la víctima ha sido secuestrada durante días sin recibir agua ni comida para luego ser quemado vivo en la fachada de la Casa Milà-La Pedrera, uno de los símbolos más preciados de Gaudí.
La ciudad sí es protagonista
Estamos un poco cansados del discurso fácil de creadores, directores y productores sobre que las localizaciones son protagonistas de las historias. En muchas ocasiones, se trata solo de una forma más de vender el proyecto, pues no acaba de ajustarse a la realidad. No obstante, ‘Ciudad de sombras’ sí lleva esto a cabo, dado que, tal y como está configurada la historia, no podría suceder en otro lado que no fuera Barcelona.
La vinculación de Gaudí a través de su arquitectura con los crueles sucesos dota a la miniserie de identidad propia. Relacionado con el modernista catalán, la ficción navega en las teorías que lo unen a la masonería, puesto que aparecen varios símbolos masónicos en el caso. Por tanto, ya no solo es la obra del arquitecto, sino también su propia vida la que se pone sobre la mesa para construir un caso en apariencia imposible de resolver. Es así como esta parte de la cultura de Barcelona adquiere gran poder en la serie y marca el elemento más diferenciador.
Por otro lado, ‘Ciudad de sombras’ también toca uno de los mayores conflictos de Barcelona asociados a Gaudí: la expropiación de viviendas en el entorno de la Sagrada Familia. Además, se ambienta en 2010, tan solo dos años después de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo que tensa aún más todo el tema de la vivienda y la crisis que sufren las clases bajas y medias respecto a la alta burguesía catalana, objetivo de este asesino en serie.
El esquema básico de un thriller
Lo más diferente que tiene ‘Ciudad de sombras’ es esa vinculación tan clara con la Barcelona de Gaudí. No obstante, por lo demás no deja de ser un thriller policíaco al uso. Basada en la novela ‘El verdugo de Gaudí’, de Aro Sainz de la Maza, esta producción de Arcadia, creada y dirigida por Jorge Torregrossa (‘El cuerpo en llamas’), toca algunos de los puntos más manidos del género en cuanto a la construcción de personajes.
Por un lado, un inspector rebelde con la autoridad que ha sufrido una dura pérdida personal que lo ha dejado atormentado. Por otro, una subinspectora que guarda a fuego su pasado y que no es precisamente comunicativa. Así, juntos crean una pareja muy poco avenida que tendrá que aprender a lidiar con el otro y formar equipo cuando en su propia comisaría no terminen de creer sus «disparatadas» teorías.
Sin embargo, esto no quiere decir que no sea efectiva en su ejecución. Estamos ante unos personajes interesantes, con un pasado que, pese a haberse visto en otros proyectos, no resulta cansino y con una evolución del caso que (vistos los dos primeros episodios) también sigue las pautas básicas. Pero todo engrana a la perfección con un modus operandi por el asesino cargado de misterio que te atrapa desde los primeros minutos. La historia está muy bien narrada y fomenta esa evolución del caso a la par que del misterio para conjugarlos e ir descubriendo aspectos interesantes.
Buen reparto, pero chirría en los efectos visuales
En cuanto a su reparto, Isak Férriz y Verónica Echegui firman un gran trabajo, especialmente él al dotar de mucho realismo a Milo Malart en todas las escenas de su vida personal. Cabe señalar que estas se construyen en muchas ocasiones con flashbacks, a las que se ha otorgado una estética diferente mediante el granulado, como si fuera un vídeo antiguo. El elenco lo completan nombres de la talla de Ana Wagener y Manolo Solo.
Pero también hay partes que chirrían, como los efectos visuales. La carta de presentación de ‘Ciudad de sombras’ es esa quema del empresario en La Pedrera y en el momento de desarrollarla se nota demasiado la falsedad de los efectos visuales, lo que te saca de la escena. Curiosamente, no es tan notorio en otros momentos en los que se visualiza desde otro ángulo.
En definitiva, ‘Ciudad de sombras’ es un buen thriller, que sigue los patrones ya vistos en otros ejemplos del género, pero con Barcelona y Gaudí como sus mayores aliados. La presencia de la ciudad en la historia más allá de ser un simple escenario bonito es su gran arma para conseguir sobresalir y captar la atención del espectador, que se perderá en esta historia conspiranoica que rodeaba al afamado arquitecto.
Fuente: Fórmula TV.
Fernando S. Palenzuela.
Cultura
Vértigo y abismo de Yayoi Kusama: así es la última gran exposición que la artista diseñó antes de morir

Excesiva e infinita, Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929 – Tokio, 2026) fue una artista omnímoda: pintura, moda, escultura, happening, instalación… A sus espaldas quedan siete décadas de un arte irrefrenable y avasallador, compulsivo y febril que responde, por una parte, al deseo desesperado de triunfar en el mundo artístico –quizá para vengarse de unos padres que nunca apoyaron su vocación– y, por otra, a la catarsis del punto y de la raya, al exorcismo de un trabajo constante y rutinario –ejercido a diario en su estudio– que le ayudó a controlar sus obsesiones y las turbulencias de su salud mental.
Tras su reciente fallecimiento, a los 97 años, el pasado 14 de agosto, se inaugura su última exposición, la última en cuya preparación estuvo involucrada en vida y hasta la que ha podido viajar El Cultural. Se trata de una coproducción entre la Fondation Beyeler (Basilea, Suiza), el Museum Ludwig (Colonia, Alemania) y el Stedelijk Museum de Ámsterdam.
Cada sede cuenta con un comisariado distinto: en Ámsterdam ha sido Leontine Coelewij, conservadora del Stedelijk, quien ha realizado un excelente trabajo. La exposición, titulada Yayoi Kusama, es una completa retrospectiva con relevantes y bien escogidas piezas de cada una de sus épocas. Permanecerá abierta al público hasta el 17 de enero.
Sea por su trabajo insistente sobre la infinitud y la despersonalización o por su franqueza al hablar de su salud mental, Kusama se ha convertido en un icono global del arte. Sus exposiciones congregan a miles de espectadores y la moda, de la mano del gigante del lujo Louis Vuitton, ha terminado de consagrarla como musa.
Un tópico recurrente en su biografía sostiene que la artista trabajó sin descanso hasta casi el día de su fallecimiento. Sin embargo, ha trascendido que pasaba largas temporadas postrada en la cama mientras su estudio continuaba produciendo sus esculturas a gran escala, trazando una línea cada vez más tenue entre su autoría y la ejecución de sus colaboradores. De hecho, Kusama Studio ha sido el interlocutor durante este proceso de creación, validado, eso sí, por la artista.
Poco antes de su muerte, la artista respondía a las preguntas de nuestro compañero, Rubén Fernández-Costa, en una de sus últimas entrevistas. Un reportaje exclusivo que publicaba el Bookazine de Magas en su número 3.
Protagonista de la portada de la revista, la artista declaraba entonces: «Habiendo cultivado una postura propia ante la vida y consciente de que el tiempo que me queda es cada vez más corto, sigo buscando constantemente algo nuevo, buscando con urgencia alcanzar nuevas cotas en el ámbito del arte».
En el Stedelijk podemos ver dos asombrosas instalaciones a gran escala que, como broche final, dejan al espectador sin respiración. Su envergadura nos arroja brutalmente al mundo de Alicia en el país de las maravillas: sinuosos tentáculos amarillos, sobre los que los puntos negros menguan hasta desaparecer, entran y salen, se retuercen y se reflejan por los lugares más inverosímiles de la segunda planta del museo.
En su interior hay, además, una segunda Infinity Mirror Room, como ella denominaba estos espacios, que duplica la sensación de vértigo y abismo. La gran instalación se titula Infinity Mirrored Room – The Hope of the Polka Dots Buried in Infinity Will Eternally Cover the Universe (2025) y se corresponde con la angustiosa imagen que abre esta crítica.
Pero empecemos por el principio. El vestíbulo apuesta fuerte por las famosas bolas de espejo que presentó en la Bienal de Venecia bajo el título Narcissus Garden (1966/2026). La artista se plantó en los Giardini, sin haber sido invitada oficialmente, con 1.500 esferas reflectantes que vendía a dos dólares cada una, convirtiendo la mercantilización del arte y el narcisismo asociado al artista en parte de la propia acción.
De aquí pasamos a una de las partes más interesantes e innovadoras del recorrido: sus primeros dibujos, que ya contienen sus obsesiones de madurez. Con cinco años, según relató, veía bailar lunares por las mesas y los muebles de su casa. En un grafito de 1934, Sin título, dibuja una escena japonesa que llena de pequeños puntos de color. El impacto de la bomba atómica, que vivió siendo adolescente, también encuentra eco en un gouache de 1954.
Estas dos primeras salas, interesantísimas, descubren a una dibujante de enorme creatividad y sensibilidad, con fondos trabajados y matéricos y pequeñas formas fragmentadas como constelaciones, árboles diminutos o estrellas.
Destaca también la correspondencia con la pintora Georgia O’Keeffe, a quien admiraba profundamente y a quien escribió buscando consejo y apoyo para abrirse camino como artista.
Llegamos al verano de 1958, cuando aterriza en Nueva York. Los lienzos se vuelven más grandes y monocromáticos y su trabajo comienza a anticipar algunos planteamientos que después asociaríamos al minimalismo. Superficies sin principio ni fin, construidas mediante formas que se concatenan hasta crear una red, una retícula orgánica.
El diseño expositivo destaca aquí especialmente: la arquitectura efímera de los pasillos abre ventanas por las que entrevemos piezas situadas en otras salas, estratégicamente colocadas, estableciendo diálogos y anticipaciones a lo largo del recorrido.
Kusama empieza a brillar en Nueva York. Llegan las orgías, los desnudos y los happenings en los que pinta cuerpos en espacios públicos; también los diseños de ropa a los que faltan deliberadamente fragmentos de tela, dejando al descubierto partes del cuerpo.
Consciente de su repercusión, avisaba a la prensa antes de realizar algunas de estas acciones, garantizándose la cobertura y el escándalo. Kusama comprendió muy pronto que ser artista también significaba construir una imagen pública, lo que la arroja a importantes contradicciones: habla de disolver el yo y el ego en su manido término “self-obliteration” pero crea una de las identidades visuales más reconocibles con su kimono y su flequillo.
En esta época cubre mobiliario, ropa y zapatos con proliferaciones de falos textiles y le entran ataques de pánico cuando descubre a artistas de su entorno desarrollando procedimientos próximos a los suyos: Claes Oldenburg inicia sus esculturas blandas y Andy Warhol la repetición y el empapelado de los espacios.
Kusama ya había expuesto dos veces en este mismo museo, en 1962 y 1965, ambas por invitación del artista y comisario Henk Peeters. La muestra recoge también una serie de fotografías realizadas por Harrie Verstappen de un fashion show de la artista celebrado en Ámsterdam en el verano de 1970.
Las exigencias de Nueva York y su precaria situación económica agravan sus problemas de salud mental. Muere su amigo el artista Joseph Cornell y, dos años después, su padre. Kusama regresa definitivamente a Japón y, pocos años después, ingresa voluntariamente en un hospital psiquiátrico donde continúa trabajando indiscriminadamente.
La exposición incluye su última serie, My Eternal Soul (2009-2021): grandes lienzos que iba girando a medida que pintaba, entregada por completo a la intuición. Como toda su obra, estas pinturas parecen surgir de los sueños de una razón que engendró sus propios monstruos y que, en lugar de ahuyentarlos, les dio forma.
Fuente: elespañol.com – Cultura
María Marco.
Cultura
Fallece a los 89 años la directora de cine y televisión Josefina Molina

Nacida en Córdoba en 1936 y fallecida este sábado, a los 89 años, en su domicilio de Madrid, Josefina Molina ha sido una de las máximas representantes de un cine (y televisión) comprometidos desde una avanzada perspectiva feminista y social. La mayor parte de su obra en los dos formatos está centrada en personajes femeninos enfrentados a distintas realidades históricas. Todo ello le valió el reconocimiento general con distinciones como la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2006, el Goya de Honor en 2012 y el Premio Nacional de Cinematografía en 2019. Fundó la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), de la que era presidenta de honor.
Parece ser que fue ‘El río’ (1950), la poética película de Jean Renoir realizada en la India, la que alimentó sus primeros deseos de hacer cine. Y aunque comenzó dirigiendo cortos en 1966, su primera formación fue en el medio televisivo en series de indisimulada raíz teatral como ‘Pequeño estudio’ y ‘Hora once’. En este último programa adaptó al estilo televisivo de entonces –tan rígido como regio– textos de Mark Twain, Kafka, Poe, Dostoievski, Gorki, Bram Stoker, Lope de Vega y Maupassant. Era la ‘televisión de calidad’ de la época.
1974 fue un año crucial, ya que realizó un episodio de la segunda temporada de ‘Cuentos y leyendas’ –una de las mejores series de la televisión española de aquellos años, en la que también trabajaron José Luis Borau, Pilar Miró y Mario Camus– y estrenó su primer largometraje, ‘Vera, un cuento cruel’. El episodio en cuestión, emitido el 3 de diciembre de 1974, fue ‘La promesa’, según un relato de Gustavo Adolfo Bécquer. ‘Vera, un cuento cruel’ –un cuento de Auguste Villiers de l’Isle Adam que ya había adaptado en ‘Hora once’– tiene un planteamiento de terror psicológico y gira en torno a un caballero español del siglo XIX exiliado en Francia (Fernando Fernán Gómez) que no acepta la muerte de su esposa. En ese mismo año participó también en la serie educativa infantil ‘Un globo, dos globos, tres globos’.
‘Los pintores del Prado’, ‘Estudio 1’ y ‘Los libros’ fueran otras series en las que colaboró. En 1980 realizó uno de los nueve episodios del filme colectivo ‘Cuentos eróticos’. Fue la década en la que su estilo e ideas quedaron mejor definidas a partir de ‘Función de noche’ (1981), una innovadora no ficción centrada en los cambios que experimenta la actriz Lola Herrar al interpretar cada noche una pieza de Miguel Delibes; la miniserie ‘Teresa de Jesús’ (1974), protagonizada por Concha Velasco, y el largometraje ‘Esquilache’ (1989), drama en el Madrid revuelto de 1766 que supuso su reencuentro con Fernán Gómez y la llevó a competir en el festival de Berlín.
Volvió al tiempo pretérito, al Cádiz de 1860, con ‘La Lola se va a los puertos’ (1993), remake musical con Rocío Jurado de un filme de 1947 protagonizado por Juanita Reina. Se despidió como empezó, en la televisión y adaptando clásicos, con la miniserie ‘Entre naranjos’ (1998), según la obra de Blasco Ibáñez.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente de la Junta de Andalucía en funciones, Juanma Moreno, han querido rendir un reconocimiento público a la trayectoria de la que fue la primera mujer en graduarse en Dirección de Cine en 1962 en la Escuela Oficial de Cine con sendos mensajes a través de sus perfiles de la red social X (antes, Twitter), según recoge EFE.
Sánchez ha expresado su «tristeza» por el fallecimiento de la cineasta, a quien definió como una mujer «pionera del cine español y referente de nuestra cultura» y ha asegurado que el legado de Molina «permanecerá para siempre en nuestra memoria y en la historia del cine». El presidente ha extendido sus condolencias a los allegados de Molina, manifestando que envía su cariño «para su familia, amistades y compañeros de profesión».
Por su parte, Juanma Moreno ha asegurado que «se nos ha ido una pionera» que «abrió camino en el cine» y que «ha dejado la huella imborrable de una directora referente». «Mi profundo pesar y un fuerte abrazo a la familia de Josefina Molina, Hija Predilecta y Medalla de Andalucía», ha finalizado Moreno.
Fuente: elPeriódico de España.
Quim Casas.
Radio Millenium Online


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